La creación artística es un hito de la evolución de las capacidades cognitivas del ser humano. No hay más que analizar el camino recorrido desde que nuestros antepasados prehistóricos dejaron su impronta en las cuevas de Altamira hasta nuestros días. Aquellos primeros europeos ya contaban con el talento y la habilidad para ser artistas. Y lo demostraron con su arte rupestre. Todo lo que necesitaron fue una pared desnuda, pigmentos y la imperiosa necesidad de expresarse.
Podríamos decir que, hoy en día, los herederos modernos de aquellos autores de pinturas murales son los artistas urbanos. Claro que, en pleno siglo XXI, las motivaciones que empujan a estos creadores son radicalmente diferentes. Eso sí, ellos también quieren dejar su impronta, aunque hayan cambiado las paredes de las cuevas por otro tipo de muros y superficies para publicar sus obras.
Hay ciudades, como es el caso de Vitoria, con barrios por los que resulta imposible pasear sin toparse con algún muro cubierto de figuras geométricas, retratos, enormes firmas o criaturas imposibles de calificar, dignas de la mejor ciencia-ficción. Es el caso de Santa Lucía, Arana, Aranbizkarra, Adurza o Zaramaga. En estos cinco distritos existe desde hace años un interesante movimiento en torno al mundo del grafiti y del ‘street art’ que se ha trasladado a otros puntos de la capital alavesa. Es un tipo de arte callejero que, desde sus inicios, ha estado rodeado de polémica debido a las quejas de vecinos y comerciantes entre acusaciones de vandalismo. Y es que los grafitis, considerados por muchos poesía visual, se enfrentan a la opinión de quienes consideran que es una manera, como otra cualquiera, de ensuciar una pared. Cuando esta práctica se extiende a bienes de interés cultural, deben también hacer frente a la lucha que les plantean las administraciones por evitar el daño al patrimonio. Este problema se vive con especial intensidad en localidades como Granada.
En el caso de Vitoria, la percepción general parece que ha ido cambiando sobre todo en los últimos diez años. En la actualidad, se toleran mucho más este tipo de obras ‘clandestinas’ en el paisaje urbano e incluso muchas comunidades de vecinos, propietarios de garajes y comerciantes ceden espacios para que los jóvenes artistas embellezcan rincones degradados mientras dan rienda suelta a su creatividad. Esta colaboración permite que lo que antes eran grafitis realizados con extrema rapidez por sus autores -para evitar ser pillados in fraganti- ahora sean murales ejecutados con mayor mimo, planificación, precisión y, en muchos casos, pintados por esos mismos artistas que se han forjado en la calle. Uno de los motores que, sin duda, ha impulsado este cambio ha sido ‘Muralia’. Un concurso anual, que nació en 2009 con una primera intervención en la zona de Sancho el Sabio, y cuyo objetivo es mejorar el aspecto de los locales comerciales que, al estar sin actividad durante un periodo prolongado de tiempo, presentan un aspecto externo un tanto descuidado. Esta propuesta, que cuenta con el apoyo del Departamento municipal de Promoción Económica, permite que los trabajos individuales seleccionados se realicen en las fachadas y/o en los escaparates de dichas lonjas. A la llamada de barrios como Zaramaga, que acogió esta iniciativa en 2010, llegaron a acudir una treintena de artistas. Muchas de aquellas creaciones aún se pueden contemplar y conviven con los tradicionales grafitis. Eso sí, ‘Muralia’ se distingue del famoso Itinerario Muralístico de Vitoria-Gasteiz (IMVG), proyecto de arte colaborativo que se plasma sobre fachadas cedidas por vecinos o colegios. Diversos edificios del Casco Medieval y de localidades como Ordoñana, Alegría o Argómaniz presumen de lucir murales a gran escala. En Reyes de Navarra, cuentan también desde el año pasado con su propio mural en recuerdo de los sucesos del 3 de marzo de 1976.
Todas esas obras tienen una clara vocación de perdurar en el tiempo. Este objetivo, sin embargo, es mucho más difícil que lo consigan los tradicionales grafitis pintados en los bajos de los inmuebles y en lonjas sin actividad. Si por algo se distingue este tipo de arte urbano es por su carácter perecedero. Se trata de creaciones efímeras que un buen día sorprenden a los viandantes y, al cabo de unos meses, quizá han desaparecido, ocultas por una mano de pintura, tapadas por un nuevo grafiti o incluso han podido quedar hechas añicos al derribarse la pared que hacía las veces de lienzo para albergar un nuevo negocio. Esa fugacidad es una de las razones por las que desde hace unos años fotografío los grafitis y murales que me encuentro en mi camino por la capital alavesa y otras ciudades. Los capto con un simple ‘click’ de la cámara de mi teléfono móvil. Una selección de esas imágenes sirve para ilustrar este artículo, junto a unos bloques temáticos, que nos permitirán completar un breve recorrido por la ciudad y descubrir cómo muchas paredes de obra cobran vida y color. Para unos, será puro vandalismo. Para otros, arte. Lo único claro es que no deja a nadie indiferente. Porque en Vitoria, el grafiti pinta… y mucho.
Fuente: El Correo



