Los diez edificios más controvertidos de España

Rescatamos un artículo de septiembre de la revista Tiempo, donde se muestran diez de los edificios más polémicos construidos en nuestro país en los últimos años, muchos de ellos premiados o recientemente nominados a los Premios Mies van Der Rohe 2013. A continuación el artículo de P. G. Campos:

Palacio de Congresos y Exposiciones. Oviedo

Los sueños del arquitecto estrella producen monstruos. Un paradigma: el interminable Palacio de Congresos de Oviedo –nueve años de construcción, por ahora–, que abrió parcialmente en 2011 y que lleva la firma de Santiago Calatrava. Bautizado por los habitantes de Oviedo como el Centollu por su parecido con el aparatoso crustáceo, su ADN es una macabra perversión de la era Guggenheim. ¿Qué precio –estético, económico y social– tiene colocar una ciudad en el mapa por medio de una obra monumental? En el caso del Centollu, 79 millones de euros, la obra privada –que contiene un centro comercial, un hotel de cuatro estrellas, las consejerías de Cultura y Salud del Principado y un aparcamiento subterráneo– más cara de la historia de Asturias, cuya gran virtud estructural es una visera móvil que ya causó un accidente en 2006 y que nunca podrá levantarse debido al peligro de colapso. El arquitecto Santiago Fajardo lo tiene claro: “Es un verdadero despropósito, una obra de juzgado de guardia, pero lo importante aquí es el contexto en el que se producen este tipo de cosas. Qué clase de personajes de la vida pública tenemos que permiten algo así”.

Centro Comercial Zubiarte. Bilbao

Somos lo que compramos. Si no, que se lo digan a los miles de visitantes asiduos del nuevo templo del consumo masivo bilbaíno, estandarte imponente de la estirpe de malls estadounidenses que han conquistado nuestra geografía. Diseñado por el arquitecto neoyorquino Robert A. M. Stern, el de Zubiarte dibuja el perfil de un gran monstruo con aspecto de palacio de plastilina sobre el puente de Deusto, una maravilla de la ingeniería que ha quedado relegada a un segundo plano ante semejante mole. Cual transatlántico de cartón piedra aparcado en doble fila, el centro comercial de Zubiarte es el primero de su pelaje que se abre en Bilbao, pero en el resto de España este tipo de superficie, “mal importada” ya que “la arquitectura es como los árboles, que enraízan en una tierra determinada que les es proclive”, dice el arquitecto Santiago Fajardo, es un clásico. A sus espaldas descansa el Guggenheim, rey de la era de la arquitectura icónica, rentable y absolutamente irrepetible.

Oso gigante. Majadahonda. Madrid

Las inauguraciones son un mal endémico en los años de burbuja, y una de sus peores consecuencias es el rotondismo. Consistorios que competían por tener la obra más cara y rotondas en nuestro camino adornadas con una lista interminable de ocurrencias, eso sí, salidas euro a euro de los bolsillos del ciudadano. “La sociedad española ha vivido en los últimos años del efecto inauguración”, explica Andrés Perea. Helicópteros, astronautas, piedras suspendidas o enormes osos verdes como el que se levanta entre Majadahonda y Boadilla del Monte.

Palacio de Festivales de Cantabria. Santander

El Palacio de Festivales de Santander, emplazado frente a la bahía, es uno de los edificios más controvertidos de España. Repudiado por su creador, el genial Francisco Javier Sáenz de Oiza, el día de su presentación, allá por 1991 –dijo no reconocer ni su aspecto final ni la ausencia de la luz natural en su interior, que había planeado– hoy es uno de los motores culturales de la ciudad y por él, por su auditorio, por sus tablas, han desfilado desde Bob Dylan o Emir Kusturica hasta Mario Gas o Concha Velasco. Pero hay más: el patio de butacas de ese ilustre auditorio tuvo que ser reformado después del primer congreso organizado en sus entrañas porque, según recogieron los diarios de la época, “no había espacio para las piernas entre las filas” de los oyentes.

Monumento a las víctimas del 11-M. Madrid

Si un monumento que contiene mensajes para homenajear a los fallecidos debe cumplir dos reglas –la visibilidad y la accesibilidad–, el erigido en memoria de las víctimas del atentado del 11-M en Madrid, en la estación de Atocha, ha resultado doblemente fallido. Pero en este caso, como en muchos otros, la responsabilidad no recae en el joven estudio madrileño Fascinante Aroma a Manzana (FAM), que resultó ganador del concurso público celebrado por el Ayuntamiento de Madrid gracias a un proyecto ilusionante cuyas dificultades técnicas en la construcción causaron tantos problemas que hubo que rediseñarlo. La culpa fue del equipo. Ese equipo sin el que las cosas nunca salen bien. El resultado es una obra que pasa totalmente inadvertida para los peatones con su forma cilíndrica, en cuyo interior se suceden mensajes para dejarse leer desde el vestíbulo del intercambiador de la estación y que son un espejismo en la lejanía. Lo dicho, un doble fiasco.

Metropol Parasol. Sevilla

La estructura de madera más grande del mundo ha recibido alabanzas y aplausos por su diseño armonioso, nulo impacto medioambiental y filosofía: dar sombra en la ciudad del calor como excusa para ofrecer a los sevillanos un área de recreo, un mercado y una zona de esparcimiento a la altura del siglo XXI. Problema: el Metropol Parasol, que lleva la firma del prestigioso arquitecto berlinés Jürgen Mayer y se inauguró el año pasado, no permite el acceso a los discapacitados. Las setas de La Encarnación, su apodo popular, han servido, de paso, para rehabilitar el mítico mercado sevillano de La Encarnación, eso sí, a un coste cercano a los 84 millones de euros, casi el doble de lo presupuestado en un inicio: 50 millones de euros. ¿Es necesario, si lo que busca es ofrecer sombra a los vecinos –cuyas vistas se limitan al Parasol– y rehabilitar un mercado, levantar semejante estructura fastuosa?

Obelisco de la plaza de Castilla. Madrid

El obelisco de láminas de bronce que el arquitecto Santiago Calatrava firmó en 2009 por encargo de Caja Madrid y el Ayuntamiento de Madrid ha resultado uno de los grandes fiascos de la arquitectura de la capital. A su coste total –14,5 millones de euros– hay que sumar los 158.000 euros que cuesta mantenerlo anualmente. De él se llegó a decir que sería la torre Eiffel de Madrid. Oportunidad perdida. Para el arquitecto Santiago Fajardo, resulta “horroroso” por proponer “un desafío a la ley de la gravedad resuelto de forma torpe”. En esa plaza se concitan, según Fajardo, “demasiadas alusiones a la verticalidad, con las Torres [Kio] y el obelisco”. Por no hablar de sus branquias -un mecanismo que simulaba su respiración y que, debido a la crisis, lleva apagado desde abril- o las denuncias por destellos que entorpecen la conducción por el paseo de la Castellana. Con ironía, el arquitecto Andrés Perea cree que “las generaciones del futuro seguramente verán en esta plaza un reflejo de nuestra sociedad, perpleja y desplazada”.

Edificio El mirador. Sanchinarro. Madrid

A pesar de ser la bandera del nuevo Sanchinarro, barrio residencial del norte de Madrid, El mirador, bautizado como Torre Bin Laden por sus inquilinos debido al hueco que posee en su esqueleto, por el que cabe un avión, cuenta con un irónico mérito: en abril fue incluido por el diario británico The Daily Telegraph en la lista de los 21 edificios más feos del mundo. Atractivo o extravagante, intento de renovación más o menos atinado, esta apuesta por las nuevas tipologías y la renovación proyectada por el premiado estudio holandés MVRDV y la arquitecta madrileña Blanca Lleó vino al mundo en 2005 como ejemplo del dinamismo y la calidad del mercado de la vivienda protegida madrileña, pero en apenas dos años acumulaba decenas de denuncias de los vecinos por averías, malos olores, problemas de mantenimiento y botellones en la terraza pública –sí, pública–. Y eso que la gran escalera mecánica estilo centro comercial diseñada para unir el suelo con el mirador nunca llegó a construirse.

Parroquia de San Pío X. Zaragoza

La parroquia de San Pío X de Zaragoza es un ejercicio de eclecticismo tan inabarcable que el resultado es un cajón de sastre –con aire de caja de huevos– a base de tantos estilos que el adjetivo kitsch se queda realmente corto. Firmado por Antonio Tello en 1974, fue uno de los símbolos de la renovación de la margen izquierda del Ebro en los años 70: psicodelia rendida a un ejercicio imposible cuya fachada inicial era de color negro.

Torre de Valencia. Madrid

“Un extraordinario edificio extraordinariamente mal situado”, así define el arquitecto Santiago Fajardo la Torre de Valencia, sobrio rascacielos de talla mini firmado por Javier Carvajal que, a pesar de sus virtudes, rompe con su gris presencia una de las mejores vistas de Madrid: si uno contempla la Puerta de Alcalá desde la Gran Vía, a través de la fuente de La Cibeles, lo único que ve es este gigante de 94 metros, el decimoquinto edificio más alto de la capital, cuyas obras tuvieron que ser paralizadas en varias ocasiones hasta 1973 debido a las sucesivas protestas de vecinos y urbanistas. Proyectado bajo la alcaldía de Arias Navarro, se levanta en la esquina del parque del Retiro y su existencia corrobora uno de los refranes más extendidos en el mundo de los fiascos arquitectónicos: “Lo mejor de un edificio así es vivir en él y no tener que verlo”. Pocos edificios estorban más.

Fuente: pedacicosarquitectonicos

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